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No descubriremos nada nuevo al decir que el Bluetooth puede resultar un riesgo para nuestra privacidad. Hoy en día prácticamente todos los teléfonos incluyen esta modalidad de conexión inalámbrica, que en una gran mayoría de casos resulta muy útil.

El problema se centra en la posibilidad de identificar patrones de uso y movimiento mediante sensores externos, tal y como ha demostrado Vassilis Kostakos, un investigador de la Universidad de Bath, que realizó un experimento instalando diversos sensores en el centro de la ciudad durante varios meses.

Estos sensores permiten detectar los dispositivos con Bluetooth que hay alrededor sin que el usuario se de cuenta. De hecho, esta es una de las características de Bluetooth, que nos permite explorar dispositivos y avisarnos solo cuando alguien se conecte al nuestro.

Como cada dispositivo Bluetooth tiene un identificador único (que no tiene nada que ver con el nombre con el que viniera de fábrica, que suele ser el del modelo, o con el que le asignemos nosotros) es posible crear patrones de comportamiento de los poseedores de los dispositivos.

Por ejemplo, instalado en un bar es posible saber cuando una cierta persona está allí, a que horarios suele ir, cuanto tiempo está e, incluso, si habitualmente se encuentra con alguien allí. Todo esto, claro, siempre que tenga el teléfono móvil con el Bluetooth activado.